“¿Es posible tener un Estado más descentralizado en Chile? ¿Es posible pasar a un modelo de Estado regional descentralizado?”, esas son las preguntas básicas del libro “Santiago no es Chile. Propuestas para un Estado regional descentralizado”, la más reciente obra del ex Intendente de Los Ríos Egon Montecinos, uno de los académicos más reconocidos en los temas de democracia participativa y descentralización del poder.
El libro, especialmente pertinente en el marco del debate de la Convención Constitucional, fue lanzado por Editorial Planeta y su contenido es inequívoco: “Todas las argumentaciones y antecedentes son para demostrar que necesitamos un nuevo modelo de distribución territorial del poder, construido desde abajo hacia arriba, en oposición a la predominante construcción regional y local que ha sido desde arriba hacia abajo, avalada por dictaduras y autoritarismos”.
Egon Montecinos es Trabajador Social, Magíster en Ciencias Sociales de la Universidad de Los Lagos y Doctor en Investigación en Ciencias Sociales con mención en Ciencia Política por FLACSO México. Desde 2018 es académico de la Universidad Austral de Chile. Actualmente, es profesor titular y director del Instituto de Administración de la Facultad de Ciencias Económicas y Administrativas de la misma Casa de Estudios, donde es director del Centro de Estudios del Desarrollo Territorial (CERUACh). En esa misma universidad, fue Vicerrector de Investigación y Posgrado y de Planificación y Desarrollo.
La presentación del libro en Santiago se desarrolló en el Auditórium Salvador Allende de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano y contó con un panel moderado por el ex Ministro de Bienes Nacionales, Víctor Osorio, y las exposiciones del Rector Álvaro Ramis y la vicepresidenta nacional de la Federación Regionalista Verde Social, Flavia Torrealba.
Por su interés, reproducimos la exposición de Flavia Torrealba en la actividad.
RESPALDAR EL PROCESO CONSTITUYENTE
Uno de los asuntos en los que existe cierto consenso en el mundo político es que estamos siendo testigos y parte de un cambio epocal y de una profunda impugnación a las instituciones tradicionales, patriarcales diríamos algunas, donde el orden, hasta no hace demasiado tiempo, estaba establecido por una construcción del poder vertical y los actores eran identificables al igual que sus funciones.
Este proceso de impugnación lo identificamos como parte del surgimiento de nuevos actores e identidades en todos los niveles de la sociedad, que ciertamente han sido agraviados permanentemente por el sistema tradicional, así como por las desigualdades que el sistema económico ha agudizado y que el sistema político no ha podido contener.
La globalización de la economía y de los problemas de alcance planetario, la politización de asuntos que tradicionalmente se entendían en la esfera privada y la aparición de soportes para la discusión de los asuntos públicos que exigen inmediatez, simultaneidad y velocidad a los procesos de toma de decisiones a cada una de las lentas instituciones del estado, son además origen de desafíos impensados e incalculables.
Las exigencias por los cambios y las crujideras del sistema institucional tradicional no sólo son multinivel, sino también le incorporan a la administración del Estado y a la política una dimensión nueva que es el requerimiento de simultaneidad de las respuestas y la des–jerarquización de asuntos que a todas luces no califican en los mismos niveles de relevancia.
Una de las preguntas obvias, entonces, es la siguiente: este sistema institucional que origina esta autoridad impugnada, ¿es capaz de resolver la cantidad de problemas que ganan protagonismo de acuerdo a un algoritmo que no puede controlar? Y la respuesta es negativa, a menos que queramos prolongar una agonía. ¿Debemos, por lo tanto, colaborar con el rediseño institucional que exigen los tiempos? La respuesta categórica es afirmativa. Y los y las regionalistas del país sabemos que es así.
¿De qué forma lo hacemos entonces para no –parafraseando la biblia– “colocar vino nuevo en odres viejos”, con el riesgo evidente del desfonde y la pérdida del contenido? Si tratamos de dar respuesta con las mismas herramientas, el resultado evidente será el fracaso.
Egon Montecinos no solamente establece una propuesta de rediseño institucional desde la observación y la vivencia en un territorio específico, sino también desde la academia y el estudio de este sujeto–territorio que exige su identidad desde la historicidad negada. Este libro en su título lleva una carga política y emocional enorme para mi partido, la Federación Regionalista Verde Social, porque ha sido nuestro lema desde la fundación: “Santiago no es Chile”.
Las regiones no son sólo una división político–administrativa ni una unidad administrativa, nos plantea Montecinos. Las regiones pueden ser la primera unidad, la unidad elemental de un sistema realmente democrático y protector de la vida, al mismo tiempo que espacios de generación de acción política, de formación, de reflexión, especialmente ahora que el sistema aparece fragilizado, desorientado y entregado al anhelo ciudadano de democracia directa.
Pero abierta e implícitamente, el libro de Egon nos plantea un desafío político mayor y es el de empujar y apoyar el proceso constituyente y su resultante Constitución. De lo contrario todo lo luchado se habrá perdido y toda la trayectoria vital desarrollada y sufrida en cada territorio habrá sido inútil y desperdiciada. El territorio, la región como unidad sustento de la vida, será nuevamente negada.
Aún resuena el eco de las palabras de Pedro León Gallo el 6 de enero de 1859: “Atacameños: no soportaremos más este centralismo ciego y delirante. Al autoritarismo de Santiago opondremos nuestra valentía; a la ceguera de sus jefes, nuestra sana voluntad de progreso regional; al afán de imponer sus desaciertos, nuestra conciencia batalladora”.
Santiago, 24 de abril 2022.
Crónica Digital.